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El eclipse y Colón

   Una pequeña dosis de ciencia, aunada a otra de ingenio, salvó un día la vida de Cristóbal Colón.

   En 1504, en su último y más desafortunado viaje, varado en las costas de Jamaica, el navegante se vio confinado en sus ya carcomidas y casi inservibles carabelas. Ante la voracidad y avaricia de los marineros españoles, las tribus nativas se habían tornado hostiles y no les permitían acceso a la isla ni a alimento alguno.

   Colón, encerrado en su camarote, leía y releía uno de los libros que para cualquier marino resultaba indispensable para navegar: las Ephemerides de Johannes Müller. Este alemán, estudioso de la astronomía matemática de Ptolomeo, había calculado la posición diaria de los cuerpos celestes entre 1475 y 1506.

   Al interpretar Colón estas tablas, concluyó que en fecha muy próxima, el 29 de febrero de 1504, la Luna atravesaría la sombra de la Tierra y se ocultaría durante un eclipse total. Dado que conocía la propensión de los nativos a la superstición, llamó a sus jefes y les dijo que, si no cesaban las hostilidades, el dios de los españoles ordenaría que desapareciera su luna. Hicieron caso omiso y se rieron de él. Sin embargo, cuando al día siguiente vieron cómo el satélite desaparecía poco a poco, los atemorizados nativos llevaron comida a Colón y su tripulación, que de ese modo se salvaron de morir de hambre.

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